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Cuando la muerte llama a la puerta

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Cuando papá llegó a casa, los niños alegres se arremolinaron en sus piernas.
―¡Papá, papá!
Papá cansado de la jornada laboral, aventó la mochila y su gorra sobre la silla del comedor y los niños continuaron con su juego de carritos en la sala.
―¿Qué tienes?; te veo desanimada ―le dijo a su esposa que servía la comida en la mesa.
―Amanecí con dolor de cuerpo. Ya tomé unas pastillas, pero sigo igual ―repuso con desgana.
―No me digas eso, porque me asustas ―rebatió asombrado―; afuera está muy fuerte la pandemia.
―No creo que sea eso, aún no he perdido el sabor de la boca.
En la noche, los niños se durmieron, salvo Oscarín a quien papá tuvo que arrullar en la hamaca para que durmiera.
―¡Conejo Blas, a dónde vas, con esa escopeta colgándote atrás! ¡Conejo Blas ven por aquí, que un favorcito te voy a pedir! ―cantaba papá mientras el niño de dos años bajaba los párpados.
A la mañana siguiente, papá fue al trabajo. Se despidió de su esposa con un beso.
Papá, en la obra, revolvía la argamasa con una pala cuando sintió una debilidad inusitada que sólo sentía como antecedente de una enfermedad. Continuó, pero su rendimiento no era el mismo. Quizá fue el calor del mediodía, pensó de camino a casa. No se creía víctima de la enfermedad, porque había pasado 20 años inhalando, involuntariamente, polvo de cemento y cal en las obras.
Al entrar, encontró a su hijo mayor, de diez años, dándole de comer a sus hermanos.
―¿Y mamá, hijitos? ―. Repitió la costumbre de colgar la mochila y la gorra sobre el respaldo de la silla del comedor.
―Está acostada, sigue mal ―dijo con cierto desconsuelo el niño, sin dejar de alimentar a sus hermanos.
Papá encontró a mamá postrada en la cama. Tenía fiebre. Se dirigió al ropero sin encontrar ahorros alentadores. Días antes, había escuchado en la radio que los hospitales públicos estaban abarrotados de infectados. Corrió hacia la farmacia, agarrándose la gorra para evitar que esta cayera.
Las pastillas que consiguió lograron calmar la fiebre a su esposa, sin embargo, volvía cada vez más fuerte. En la noche se dispuso a orar, junto a la cama.
---Padre celestial, te ruego por la salud de mi mujer...
Entre el susurro, comenzó a escucharse el crepitar de la lluvia sobre la calamina del techo, mientras los niños tosían en la cama contigua.
Amaneció dormido, con el mentón sobre el pecho. Tocó la frente a su esposa; estaba tibia. Hizo desayuno para los niños y se fue al trabajo.
―Jefe, Ramiro, sólo vine a decirle que mi esposa está enferma y no podré trabajar hoy.
―Está bien. No te preocupes, que se mejore tu mujer.
―Sí, jefe, pero quisiera pedirle un adelanto; es sábado de raya.
―Juan ―le dijo Ramiro, abandonando el ladrillo en el andamio―, pero el patrón nada me ha dado aún.
Papá se rascó la cabeza.
―Bueno, ni modos.
Antes de llegar a casa, papá sintió una fatiga anormal que tuvo que agacharse, reposando las manos sobre las rodillas. Los niños jugaban atrapando hormigas en el húmedo patio, mientras que la cabeza de mamá parecía una bola de fuego.
―¡Padre santo! ―dijo papá.
Se dirigió hacia los niños y los besó. Atravesó la sala rumbo a la calle y sólo entonces cayó en la cuenta que había tosido más de cinco veces. Se asomó al corral de la vecina, una mujer sola de la tercera edad.
―¡Doña Petra!
La señora se detuvo en el umbral de su puerta.
―¿Qué pasó, hijo?
―¿Qué le puedo dar a la Mary? ―atajó con otra pregunta―; está muy mala de la fiebre.
―¿No será que tiene esa enfermedad?
―No sé, doña Petra.
―¿Y tú? Parece que tienes tos.
―No sé, doña Petra ―repitió―; ya sería el colmo.
Sin aconsejarle ningún remedio, doña Petra se quitó el delantal y acompañó a Juan para que vieran a Mary. Ella, con la frente rezumada de sudor, apenas pudo abrir los ojos.
Doña Petra regresó corriendo a su casa, juntó unas monedas y compró hierbas medicinales en el mercado. Más tarde, preparó remedios caseros que Mary tomó a sorbos durante toda la tarde. Juan estuvo sentado en una perezosa, arrullando a sus hijos hasta que los hizo dormir. La tos los acompañó en la noche fresca. Doña Petra se fue a su hogar a media noche. Esta rutina duró tres vigilias.
Una mañana, Mary logró levantarse. Juan padecía una tos crónica pero tolerable. Los niños sufrieron de espasmos cada vez menos. La familia parecía mejorar conforme pasaron los días de junio.
Amaneció lunes, Juan cerró la puerta de camino al trabajo. Había caminado unos pasos cuando se detuvo a media calle, pensó en regresar para agradecerle las atenciones a doña Petra. El cielo estaba nublado, después de una intensa lluvia de toda la noche.
―¡Doña Petra! ―le llamó desde el corral. No obtuvo respuesta.
A esa hora, doña Petra ya tenía barrida su banqueta, no obstante, las hojas secas de su árbol seguían en el suelo.
―¡Doña Petra! ―gritó más fuerte.
Al no obtener respuesta, Juan brincó el corral encontrándose con la puerta asegurada. En medio de su preocupación, pidió ayuda a otros vecinos para que llamaran a la policía. Casi a mediodía, cuando nuevamente comenzaban a caer algunas gotas de lluvia, los oficiales lograron destrabar la aldaba.
Doña Petra estaba tendida en su cama, con sus trenzas de colores y la boca abierta. Su cuerpo septuagenario estaba inerte. Un agente le tocó el pulso.
―Ya está muerta ―resumió el oficial.







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